Autor: Luis Fernando González Gaviria, Teólogo, Docente de la Escuela Didajé, Minuto de Dios Medellín.

Muchas voces a lo largo y ancho de la historia han proclamado sus palabras para que la construcción humana no siguiera de la misma manera. El llamado fuerte de aquellos hombres y mujeres se había hecho de múltiples formas para corregir un camino que nos está llevando a la catástrofe como sociedad. Lo que no quisimos hacer desde la libertad, nos está tocando hacerlo desde la obligatoriedad. Lo que estábamos dejando retrasado, la contingencia presente nos empujó con fuerza a ello. El cambio tiene que ser radical, no soportaríamos salir igual o peores de como entramos.

Ante la realidad que se abre camino frente a nosotros, las estructuras tradicionales de nuestra cultura deben ceder y construirse desde el ser humano, es la oportunidad para volver a reconfigurar nuestra humanidad perdida. Esta situación no debe embargar de miedo, pues mientras muchos presagian el fin, la oportunidad que se esconde detrás de esta contingencia es insospechada para corregir nuestro rumbo.

El ser humano, en el cual se encarna el dinamismo de la vida, tiene que volver a situarse en las opciones fundamentales a las que llegue la sociedad posmoderna, saber que su existencia no se puede confinar a una rutina configurada en instituciones, que lo único que hacen es ahogar el espíritu de crecimiento y evolución que habita en toda persona. A esta realidad se llega por el aburrimiento constante que genera la institución rutinaria. Byung-Chul Han, comentando a Heidegger, dice lo siguiente: “el aburrimiento profundo es la característica de la época actual. Se debe a que la existencia se sustrae de la totalidad. Este vaciamiento de la existencia deja un vacío en conjunto. El ser-ahí no encuentra ningún comportamiento significativo en la existencia. Se rinde a una total indiferencia. Nada capta su atención. Se le escapan todas las posibilidades del obrar”.

Si queremos una sociedad nueva, todas las instituciones están en la obligación de migrar hacia nuevos horizontes, la vida les está reclamando salir de su zona de confort y saber que no son absolutas. Lo absoluto siempre será la vida, aquella maestra que sabe de alegrías y dolores. Las dinámicas de la existencia siempre nos sorprenderán al romper nuestras pequeñas y frágiles concepciones, que, por demás, siempre creemos son las mejores. Atrevernos a dar el paso que implica repensarnos en todo nivel, lejos de ser una pérdida, es todo un acontecimiento revelador, pues nos permite volver a encontramos, mirarnos y decidir caminar juntos.

Más allá de los pregoneros fatalistas que siguen pegados escrupulosamente al pasado, y que gustan del anacronismo constante, esta hora de la historia nos está dando una oportunidad para que entremos en conciencia a tiempo y hagamos caso de que no podemos seguir igual. Todo en el universo está en evolución constante, ¿Por qué el ser humano es tan cerrado y no quiere ver la realidad? Apegarse a ritos, estructuras e instituciones, lo que denota de una persona es su profundo vacío existencial que la lleva a mendigar un poco de sentido. Es la verdad dolorosa de no estar satisfecho con la vida, en donde lo más divino hace su aparición constante.

Estos días han sido profundamente reveladores. Las circunstancias nos han empujado a dimensionar nuevas realidades, la vida no volverá a ser igual después de este silencio y este encierro. Cuando creíamos tener muchas cosas resueltas, un virus nos ha demostrado que somos inmensamente pequeños, frágiles, quebradizos. Haber sido llevados a casa, nos ha hecho confrontar con la realidad que llevamos a cuestas. Ernesto Sábato, en su libro Antes del fin, dice lo siguiente: “tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas”. La mirada que no queríamos dar, nos está permitiendo descubrir en verdad quiénes somos.

Que el Alzheimer propio de este tiempo no nos robe lo más humano que tenemos: la memoria. Pues solamente con la memoria podemos trastocar esta historia de dolor y angustia que hemos creado. Lutero tenía razón, “hoy estamos predicando lo que más necesitamos aprender”, no seamos sordos e indiferentes a este llamado de la vida que se abre paso en medio de la crisis, para que podamos ver en ella, que “cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad” (Sábato).