Pienso inevitablemente que la gran mayoría de los dolores humanos en la actualidad provienen de la falta de amor; amor que no se recibe, amor que se queda sin dar.

Los seres humanos constantemente nos debatimos en la frontera del amor y el desamor y cruzando líneas de batalla todos los días, al vivir y caminar en un mundo que vende desamor y despecho, tratándonos de convencer que amar es un fracaso, que el amor no existe, que se ha mandado a recoger aquello de entregar la vida por alguien, o por algo.

De Jesús hemos aprendido a amar lo que nadie ama, a poner el corazón en los dolores y sufrimientos de los que necesiten un acto de misericordia; de Jesús hemos aprendido que somos esperados para ser amados, con el amor del Padre bueno que espera al hijo pródigo.

Confesemos sin temor que nos hace falta amor, pidamos sin medida ser amados, primero a Dios en tanto Él, revela su amor en lo cotidiano y en todo lo que bendice y asiste en nuestra cotidianidad. En segundo lugar, pidamos constantemente ser amados, en tanto demostremos que los demás son importantes, que tenemos todos los días personas importantes alrededor que no pueden pasar desapercibidas sin ser amadas, sin que nos amen. Muchas veces, la vida se pone gris por evitar amar al cercano y decidir amar más al que no coincide con nuestra forma de ver la vida.

Hay que enamorarse. La conversión correcta en una clave de Jesús, es enamorarse de lo que somos y de lo que hacemos, y en ese amor reflejar lo que dentro se está gestando para que todos aquellos que nos vean, observen que por verme tan amado y tan amante , pregunten y quieran acercarse a esto mismo que ven, creyendo y confiando en la  bendición que significa amar y dejarse amar.

Hay que enamorarse de la historia. De lo vivido, de lo triunfado y lo que ha costado, de lo que hemos resuelto y de lo que no hemos resuelto, de lo que nos sobra y de lo que nos falta, de lo que tenemos y de lo que queremos conseguir; hay que enamorarse más de los que sufren, para llevarles alegría, hay que sentir en el corazón del otro lo que le duele y necesita, para convertirnos en rostros de Dios en las realidades que tenemos cerca.

Hay que anhelar y desear: “Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente. Sal 42

Hay que enamorarse y buscar con ahínco los sueños profundos de la vida, lo que alberga el corazón, lo que solo Dios conoce, para construir una vida que no se guarda nada, que todo lo entrega y que no teme en tanto ama.

Enamorarse de si mismo, y verse como criatura digna de amar y ser amada, derrota todo pecado y toda ansiedad por el mañana, porque teniéndose como certeza a si mismo y a Dios ¿Qué puede fallar?  No existe espacio para el fracaso, en tanto el amor por lo que se hace sea lo que inspire y sea lo que conduzca.

Hay que enamorarse del que sufre. La mejor y creo que única forma de ser un buen cristiano, es amar las heridas de los adoloridos y convertirnos en consuelo, llevando hacia todos ellos (en cualquiera sea el gesto) una palabra y una mirada que no juzga sino que redime, con un abrazo para ofrecer calor, con solo estar sin decir nada, y hacerle ver al otro, que estás ahí y estarás siempre.

Hay que enamorarse de Dios, con el amor primero, con el amor de siempre, con el amor que ha puesto en nuestros corazones a través del Espíritu, con el amor que da esperanza (Rom 5, 5) Si hay esperanza y hay vida por caminar, es amor lo que sucede y es don de Dios.

En un mundo, que quiere matar el amor, los creyentes lo defendemos y procuramos su subsistencia. Resistimos porque amamos, creemos porque amamos, amamos, porque Dios nos ha amado.