Siempre me ha sorprendido lo explícito que es el Evangelio según Juan a la hora de presentar el encuentro del resucitado con sus discípulos. Dice el Evangelio que “Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: —Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor”.

  1. Jesús resucitado y herido.

El texto es clarísimo. Jesús se pone en medio de ellos (señal de ser el Maestro) y les muestra las manos y el costado. Este Jesús resucitado no es un cuerpo perfecto sin marcas sino todo lo contrario, es resucitado con las marcas del dolor, de la angustia, de la injusticia. Y son tan claras las marcas que sus discípulos, por reconocerlo, se alegran de verlo. Este no es impostor, este no es una especie de “fantasma”, este es el Señor y lo sabemos porque podemos ver sus marcas, las de las manos, las del costado.

Temo que muchas veces la propuesta de “nacer de nuevo”, del “hombre nuevo” que proponemos desde el cristianismo católico quiera borrar esas marcas de la fragilidad, del dolor, de la injusticia, de las caídas con nuestra cruz a cuesta. Temo que muchas veces esa propuesta quiera anteponer las heridas del camino, las fallas en los pasos a una propuesta de camino “perfecto”. ¡Debes convertirte en un hombre nuevo! Si, va, perfecto. Pero ¿a que precio? ¿De quién podemos aprender sobre esto? Y allí nuevamente aparece Jesús para mostrarnos que él mismo en su resurrección, resucita en el “cuerpo” herido para que quede claro que es Él mismo, que no negará las heridas causadas sino que ahora, les dará un propósito.

El texto se pone más dramático porque luego narra el encuentro del discípulo incrédulo, Tomás, con el resucitado. Dice el texto: “Los otros discípulos le decían: —Hemos visto al Señor. Él replicó: —Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré […]Después dice a Tomás: —Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree”.

Ahora Jesús no solo las muestra sino que se deja tocar, que deja que Tomás se acerque más a sus heridas, que las pueda percibir y allí, en el contacto directo con las heridas del Maestro no queda otro resultado que creer que efectivamente esté herido es el Maestro.

2.Vivir “resucitada-mente”.

La resurrección es la propuesta del Padre para la humanidad. El Padre no deja a su hijo solo en la cruz sino que su respuesta es clara.  Lo resucita, resucita su modo de vida, valida su existencia, valida sus pasos, valida sus heridas y dolores. Y en el gesto narrativo de Juan que pone a un Jesús que no habla, dice la paz y queda en silencio, sino que muestra sus heridas. Me parece que encontramos una propuesta clara para este tiempo de Pascua.

Vivir resucitadamente es vivir con la intención de que nuestra vida sea, a ejemplo del hombre de Nazaret, una entrega diaria de la vida, una entrega de la existencia. En el servicio al otro, en el acompañamiento a otros, en la escucha de otros, en la no gestación de violencia, en la posibilidad de crear diálogo. Y allí, ese antiguo yo que tiene sus heridas, sus sombras, sus fragilidades, sus incongruencias, será nuevo, con las mismas marcas y heridas de siempre, pero ahora con la posibilidad clara de reestrenar la vida y volver a empezar.

Eso celebramos en Pascua. Celebramos que es posible vivir a la manera de Jesús, que las heridas y fallos no se niegan, sino que ahora se llenan de su amor, de su paz, de su Evangelio y esas heridas y sombras, ahora bailan un ritmo distinto, el ritmo de la esperanza. La esperanza de que todo lo que tengo y soy, sirve y es materia prima para gestar una vida en clave del resucitado. Y ahora, con alegría y paz, muestro mis heridas a ejemplo del Maestro y allí, cuando las muestro, doy luz a otros y permito que la luz de los otros me capacite para ir sanando. Y allí, justo allí, ya estoy siendo un hombre nuevo, un hombre capaz de mirar sus días grises y saber que allí también está Jesús.

Termino con estos versos de José María Rodríguez Olaizola, SJ:

“Hay días en que olvidas los motivos.

El entorno se vuelve desierto árido, monótono.

Hay días en que lo cambiarías todo por una caricia.

Días en que calla la voz interior,

cuando ni hacer el bien parece tener sentido,

cuando el mundo resulta una causa perdida

y el evangelio es un idioma incomprensible.

Días en que no te sientes hermano, ni amigo, ni hijo.

Días de escepticismo, en que el samaritano decide pasar de largo,

Zaqueo no sube al árbol, y sólo sobrevive el joven rico.

Días en que vencen los fantasmas interiores.

Pero no des demasiada cancha al drama.

Mira tu vida con desnudez benévola,

respeta el desaliento, sin darle el cetro y la corona,

y rescata la memoria de las causas, de la presencia, de la ilusión.

El samaritano sigue en marcha. Él también tiene días grises.

Zaqueo espera un encuentro. El joven rico aún piensa en el camino que no eligió.

Y en lo profundo, más allá de fantasmas y demonios, late Dios”.

02. Equilibrio entre la vida espiritual y la vida secular.

Muchas veces en nuestros discursos sobre la espiritualidad cometemos el error de hablar de ella como si fuera un componente externo de nuestra propia realidad de seres humanos o contraria a la vida en el mundo. Recuerdo que  Josef Fuchs, S.J. habla de que “El deber fundamental del cristiano es producir fruto en la caridad para la vida del mundo”[1].

Por tanto, en línea con el título de este artículo, me parece que la principal característica de un “equilibrio” entre la vida espiritual y la vida secular (si es que alguien aún insiste en dividirlas) debe estar en la posibilidad que tenga dicho equilibrio en producir fruto para la vida del mundo o dicho de otro todo, toda vida espiritual que se despliegue allí donde vivimos, existimos, somos, amamos, cuidamos, nos equivocamos, se reconoce ciertamente como vida (espiritual-secular) si es capaz de propiciar frutos en la caridad.

Habiendo dicho esto, cuando pienso en la vida espiritual que se desarrolla, despliega y desenvuelve en la vida cotidiana, vienen a mi al menos dos palabras; que me parecen algo olvidadas en el lenguaje y en la narrativa religiosa que manejamos.

1. Inacabado. En muchos de los discursos sobre la espiritualidad se suele afirmar la importancia de la perseverancia, cosa que me parece importante, sin embargo con mucha frecuencia parece que esa perseverancia tuviera una relación directa con super-hombres y super-mujeres; y que se trate más de un ejercicio de la propia fuerza que de la gracia. Con frecuencia la perseverancia se relaciona con una “buena” vida cristiana y religiosa, dejando así la humanidad que despliega esa perseverancia en el olvido. Se habla de la perseverancia, pero hace falta conversarlo en cualquier café para descubrir que nadie en el fondo se siente del todo perseverante puesto que siempre ocurre algo que nos impide cumplir con los estándares que nos hemos auto impuesto. La vida espiritual de pronto se parece a una lista de cosas por hacer, y no por habitar. La vida espiritual pasa a ser esencialmente: pasarnos por una lista perfectamente armada sin dejar espacio a la creatividad. ¿Qué hacemos entonces? ¿Callamos los discursos de la perseverancia? ¿Negamos la necesidad de esforzarnos? Por supuesto que no. Hace falta que tomemos en cuenta que la perseverancia se experimenta y vive dentro de una humanidad que tiene sus propias limitaciones y fronteras. Hace falta hablar de lo inacabado, de contemplar y amar lo inacabado. Necesitamos como creyentes, como discípulos de Jesús, recordar con frecuencia “que cierta frescura de pensamiento no la podemos obtener mecánicamente por la mera insistencia. Aceptar que tal vez mañana habremos de recomenzar de cero y por enésima vez”.[2] Es urgente que le demos otra mirada a lo que no logramos hacer al final de la jornada (oración, misa, rosario, grupo, etc.), ojalá podamos mirar lo inacabado no solo como espacio de carencia (ya nos hemos dicho mucho esto), sino también como condición inexcusable del propio ser. Dicho de otro modo, todos somos en esencia continuidad, nunca estamos del todo hechos y completos, siempre caminamos hacia la posibilidad de completarnos mejor; en esencia somos un cúmulo de “inacabado”.

La vida espiritual no se excluye de esa esencia, sino que la aborda y la abraza. Puesto que somos un creativa continuidad, ojalá nuestra vida espiritual nos permita reconocer con humildad, tranquilidad, humor, paciencia, lo inacabado en nosotros para que desde allí, sea por enésima vez o por diecisieteava vez, construyamos una espiritualidad paciente y capaz de explorar las posibilidades que se abren cada vez que no podemos terminar algo en la jornada diaria.

2. Habitar.

Una de las principales tentación a la hora de tomar conciencia de que la vida espiritual se vive allí donde nos desplegamos como seres humanos, es aquella de la instantaneidad. Vivimos la oración diaria, la eucaristía o cualquier expresión de espiritualidad como algo por lo que debemos pasar para poder marcar que lo realice y como, la vida cotidiana ya no exige un ritmo bastante acelerado lo importante es ir a la eucaristía, no importa si habite allí o no, lo importante es hacer esta y otra oración o momento de oración, no importa si habite allí o no. 

Milan Kundera en su libro La Lentitud[1] explica que “el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria, mientras que el grado de velocidad es directamente proporcional al del olvido”. Por eso es que al final del día, olvidamos con frecuencia el transito que hemos hecho de un momento de oración, al café de media mañana, el sabor de la sopa que tomamos al almuerzo o el chocolate que nos comimos en la tarde, todo eso da lo mismo, todo eso fue un montón de cosas que hicimos que no siempre habitamos. 

Por todo lo dicho anteriormente es que José Tolentino Mendonça nos señala que “necesitamos reaprender lo entero, lo intacto, lo concentrado, lo atento, lo uno […] registra los pequeños tránsitos de sentido, las variaciones de sabor y sus minucias fascinantes, el palpar tan íntimo y diverso que puede tener luz”.

Conclusión.

En esto, a mi parecer se juega, si se quiere decir así, el equilibrio en la vida espiritual y el caminar en la metrópolis o realidad que cada uno transita: En la posibilidad de contemplar lo inacabado de nuestra día a día, lo que nos pudimos realizar por las razones que sean, allí se oculta el misterio humano que somos, para desde allí con la esperanza y la perseverancia por bandera; volverlo a intentar. Y, en la capacidad de habitar los cambios que experimentamos en la vida cotidiana, que se note que venimos de, o que vamos a, habitar un momento de oración, una eucaristía o el rito espiritual que tengamos. Que estos momentos de espiritualidad extensos o no, sean espacios para estar plenamente allí, solo así una vida espiritual que se despliega en la cotidianidad agitada que muchos vivimos, tendrá mucho que ver con la propuesta del caminante: Jesús de Nazaret.



[1] http://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol6/24/024_fuchs.pdf

[2] Mendonça, José Tolentino. Pequeña teología de la lentitud, 13. http://www.fragmenta.cat/es/fragmentos/cataleg/fragmentos/724314

[3]https://www.planetadelibros.com.co/libro-la-lentitud/161125