Muchas veces nos encontramos en un momento crucial de nuestra vida, bajo situaciones complicadas y, la mayoría de las veces, sin saber qué hacer. A lo largo de nuestra historia, naturalmente, vamos «abriendo» ciclos, los cuales hacemos parte de nuestra vida, hasta que llega un momento donde ese ‘ciclo’ termina frustrado y preferimos cortar o «tratar de olvidar» lo que ocurre, antes de tener la valentía de sentarnos frente a las personas involucradas en nuestros ciclos y ser capaces de «cerrar» eso que una vez comenzó… Es así como, por no ser valientes, constantemente vivimos en zozobras, remordimientos o angustias, por traer a nuestra mente pensamientos que giran alrededor de esos malos ratos que pasamos y que dieron fin a nuestros ciclos, ya sean amorosos, laborales, de amistad, familiares, en fin. Lo cierto es que esto es normal, le pasa a casi todo el mundo, y cuando tomamos la decisión de «cerrar ciclos» ya es demasiado tarde. A este punto, es cuando debemos recordar que como cristianos hemos de recurrir a la oración, pedir perdón por las faltas cometidas, arrepentirnos y estar preparados para recibir del Señor todo aquello que necesitamos para recobrar el ánimo y a veces hasta la dignidad.

Nosotros somos cristianos porque vivimos bajo la mirada de Cristo, creemos en Cristo y formamos parte de Cristo por medio del poder de su Cruz (Cf. 1 Cor 1,18). El ser cristianos no nos exonera de las dificultades, de las vicisitudes arduas o situaciones vergonzosas, al contrario “estamos sometidos a toda clase de pruebas” (St 1, 2), pero en todo sabemos que seremos capaces de salir airosos, porque en Cristo lo podemos todo (Cf. Fil 4,13); por ende, si lo podemos todo en Él, es porque Él representa todo para nosotros. Cuando verdaderamente Jesucristo representa todo para nosotros, somos conscientes de decir como San Juan Eudes: «¡Nada quiero, y lo quiero todo: Jesús es mi todo!». Querer a Jesús, es hacerlo parte de nuestra historia, que Él sea el dueño y señor de nuestro pasado, presente y futuro; pero a muchos nos cuesta hacer esto, quizás porque no vemos en Jesús la figura de alguien que es capaz de cambiar el rumbo de nuestra vida.

Cuando realmente le damos la llave de nuestra vida a Jesús, ocurre lo inesperado, [ocurre lo que menos te imaginas], dejas de ser el mismo. Cuando Jesús recibe nuestra llave, Él pasa a tener el poder y la autoridad sobre nosotros y así pasamos de vivir en la condena y la esclavitud, a encontrarnos de frente con la salvación, la salvación que visita nuestra alma; comprendiendo, así, que no somos capaces de hacer nada, de que nunca lo fuimos, al mismo tiempo vamos dejando a Jesús hacer su trabajo: salvarnos, porque nadie más puede hacerlo (Cf. He 4,12), solo en Jesús se puede encontrar la «salida» de nuestra situación, cuya salida se termina convirtiendo en una «entrada» al clima salvífico que va oxigenando todos los momentos de nuestra vida en los cuales no le dimos ese espacio que debimos al «Testigo Fiel y Verdadero» (Ap 3, 14), Quién que conoce todo de nosotros, pero que nos respeta con gran afecto. Solo cuando llegamos a comprender todo esto, le entregamos la llave de nuestra historia al Buen Pastor (Jn 10,11) y nos sabemos cuidados, rescatados, seguros… Porque en su redil se encuentra un sinfín de bendición.