Por Manuel Puig Durán Gómez

Periodista Emisora Minuto de Dios Medellín.

Se acercó un hombre al cuarto de su anciana madre, con cautela y como siempre hacía en las mañanas, con ternura y silencio llegaba a despertarla con unos buenos días.

Justo antes de saludarla, se quedó viéndola y pensó: -así se verá mamá de tierna y plácida el día que muera-. Una vez dijo en eso, miles de recuerdos e imágenes pasaron rápidamente delante de él. Recordó sus primeros pasos, el día que salió para la Escuela, las veces que ella cuidó de él cuando tenía fiebre o cuando tuvo pesadillas en las noches.

En ese momento, la anciana madre abrió sus ojos y vio a su hijo, postrado al borde de su cama, susurrando con su voz una oración sencilla y profunda: -Señor, gracias por mi viejita; por este día nuevo en el que me la regalas para tenerla conmigo una vez más -.

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La Anciana fingió seguir dormida, y esperó el tierno buenos días que siempre venía acompañado de un abrazo y un cafecito oloroso que invadía la atmósfera de la habitación.

Poco después, incorporada y ya haciendo los qué haceres del día, le preguntó a su hijo, que leía un libro en el sofá más ancho de la casa con mucho interés y concentración: -hijo, qué era lo que recitabas esta mañana cuando me despertaste al lado de la cama-

-Madre, dijo el hombre, daba gracias a Dios por ti, por tenerte un día más y por poder contar con el milagro de despertarte una mañana más, porque todo lo que tengo y soy te lo debo, porque me hiciste un hombre bueno, buen esposo, buen hijo; porque me sacaste adelante.

-Madre, inisistió: has sido fundamental para obtener mis propósitos y objetivos, porque nunca me has dejado solo, porque nunca me impediste soñar.

La madre, atinó a darle un fuerte abrazo a su hijo, y una lágrima tierna saltó en los dos. Poco después, el día siguió sin novedad y todos en casa continuaron con sus tareas y deberes; el hombre en su lectura, los niños en sus juegos, la anciana en sus cosas, todos en lo suyo.

Suena a cuento, suena a relato, pero me suena a total realidad y sueño: que las mujeres vivan cuidadas y vivan felices, que cumplan sus sueños y aspiraciones, que reciban de vuelta todo el amor que han dado, que han parido.

Suena a crónica Rosa, pero es factible y viable, pues en este día prefiero escribir pensando en que todas las mujeres deberían llegar al final de su vida, plenas, felices y amadas; en ves de tristes y solas olvidadas por los consanguíneos.

Suena a crítica, sonará a retahíla, pero me urge creer que todas las mujeres merecen la calidez de unos buenos días, la ternura de un abrazo, y no el látigo sobrepasado del olvido. Por todas aquellas que han sufrido y que no las han dejado llegar al punto que debieron,  un breve cuento sin final, pero si con mucho de anhelo.

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