Autor: Luis Fernando González Gaviria, Teólogo, Docente de la Escuela Didajé del Minuto de Dios Medellín.

Los últimos acontecimientos mundiales han vuelto a sacar a la luz pública un tema que se ha enquistado en la conciencia colectiva de nuestras sociedades cada vez que ocurren tragedias o acontecimientos dolorosos: el Apocalipsis. Pretender entender la realidad social a la luz de esta palabra, sin tener unos elementos mínimos de comprensión de lo que significa este género literario bíblico, es hacer una apología a los disparates de conciencias enfermizas que quieren ver el mal por todas partes y lo justifican desde palabras sacadas de contexto.

Lo que un lector sensato e inteligente hace a la hora de leer un texto es preguntar por el contexto del escrito, es decir, buscar elementos de ubicación que le permitan captar de una manera adecuada lo que va a leer. Esta realidad que existe a la hora de leer un texto bíblico es la que no tienen en cuenta algunos fanáticos literalistas de nuestros días, que pretenden saber más que las personas que se han dedicado seriamente a la hermenéutica y exégesis bíblica.

En el caso puntual del Apocalipsis, es el último libro del Nuevo Testamento de la biblia cristiana. Fue escrito en lengua griega, hacia finales de los años 90 D.C, cuando el Imperio Romano, en cabeza de su emperador Domiciano, subyugaba las provincias de Asia. Con base en esto, el texto ha sido escrito en una época de persecución, exclusión y muerte de los cristianos de esta época. Según Luis Alonso Schökel, el Apocalipsis tiene tres características fundamentales: “Es memoria viva de los mártires de las comunidades cristianas iniciales; es un texto que mantiene vivo el compromiso de la fe en su lucha contra todo poder opresor del ser humano; es un texto profundamente esperanzador que vive de cara a la realidad, asume la historia y la padece”. El Apocalipsis en su columna vertebral es sostenido por una mirada de vida y esperanza, nada tiene ver con visiones, alucinaciones, adivinación o mensajes ocultos y desastrosos para estos tiempos. A esta comprensión se llega por la lectura irresponsable del texto.

Con base en lo anterior, las frases descabelladas de personas que siguen empecinadas en mantener una visión catastrófica de la historia y la realidad están mandadas a recoger, y seguir justificando estas visiones desde textos bíblicos, es un atropello vulgar contra el ser humano. Todas estas ideas de oráculos, palabras misteriosas, visiones extrañas, pertenecen a una comprensión de la realidad, que según Gailyn Van Rheenen, se llama “cosmovisión animista: cree que seres espirituales personales y fuerzas espirituales impersonales, tiene poder sobre los asuntos de los humanos”.

La tarea de la hermenéutica sigue más vigente que nunca, pues es el antídoto contra todo anacronismo tan apetecido por estos días. Atreverse a hacer una lectura apocalíptica de la historia en este momento implica tener un alto grado de esperanza, pues es desde allí donde la visión de la realidad entra en una nueva comprensión, se amplía y puede superar la angosta paranoia generada por el pánico colectivo. Lo que está aconteciendo hoy obedece a muchas variables intramundanas, las situaciones que no marchan bien en el mundo se deben única y exclusivamente a que habitamos una realidad frágil y quebradiza, en palabras de Andrés Torres Queiruga, “mientras exista un mundo finito no puede existir perfección. Es tan absurdo querer esto, como decir que puede existir un círculo cuadrado”.

Nuestro presente histórico está viviendo una situación coyuntural, el desajuste mundial nos ha hecho entrar por un camino del que no saldremos iguales. El Apocalipsis catastrófico que se ha presentado en miles de pantallas y que tristemente es avalado por predicadores mal informados, no está sucediendo. Ahora, si el ser humano quiere encontrar una palabra distinta que permita un respiro a tanta saturación, puede abrir el hermoso libro del Apocalipsis y entender su mensaje a fondo: en medio de los avatares de la historia, en medio de las lágrimas y la impotencia, en medio del caos, el ser humano está habita por una presencia portadora de sentido que lo sostiene y lo impulsa hacia delante.

Hoy más que nunca necesitamos saber que somos capaces de ir hacia adelante, el Apocalipsis nos revela que esto es posible si encontramos la articulación comunitaria que hemos perdido. La última palabra sobre el mundo no ha sido pronunciada, más aún, no será de miedo y destrucción como muchos auguran. Vuelve a entrar en juego nuestra capacidad de pronunciar palabras que sean capaces de hacernos vivir en plenitud. Octavio Paz nos ha mostrado un camino: “Los hombres somos hijos de la palabra, ella es nuestra creación; también es nuestra creadora, sin ella no seríamos hombres. A su vez la palabra es hija del silencio: nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus abismos”.

En esta hora que nos reclama volver a la palabra, hagamos del Apocalipsis una nueva hermenéutica para el mundo. En esta palabra escrita palpita una Palabra mayor, una que es capaz de transformar la mirada y hacernos auténticamente humanos. No condenemos nuestra existencia a la superficialidad, abrámonos a la Palabra para que las nuestras puedan ser esperanza para el mundo.