Todavía resuena con fuerza aquella frase lapidaria: “Yo soy inevitable…” Esta realidad expresada por Thanos desborda las efímeras fuerzas de la sociedad occidental por hacerle frente a la realidad de la muerte. Thanos representa lo no deseado, el fin, la aniquilación, el olvido. Es el espejo de lo que no queremos ver jamás: nuestra caducidad y finitud. Por eso resulta comprensible identificarse con la figura de los superhéroes, en nuestro caso, proyecciones mesiánicas idílicas que nos rebajan al estado de dependencia total.

La función avanza, las emociones de los espectadores se dejan sentir en el ambiente, todos quieren lo de siempre: salvación heroica a como dé lugar. El cine se ha vuelto hermenéutica social, nos lee, nos expone. La pantalla hace de partera para seguir reafirmando la distancia existente en la comprensión total de la vida; occidente ¡no quiere morir!, se niega a ello con todas sus fuerzas. Parece que la negación es el paradigma del siglo XXI.

Es precisamente esta palabra, paradigma, la que brota de la pantalla. Un paradigma, según Enrique Martínez Lozano es lo siguiente: “Todos tenemos un “marco de comprensión”, nadie lo elije, nacemos dentro de él. Configura nuestro modo de pensar y actuar, y le atribuimos una validez absoluta. El marco de comprensión es toda una constelación de valores, creencias, costumbres, usos y técnicas, que configuran el espacio en el que nos movemos y desde el que nos aproximamos a la realidad. Esto es un paradigma”.

Teniendo como base lo anterior, y aplicándolo al tema que nos convoca, aquí radica nuestra problemática occidental para abrazar la muerte: la manera en cómo fuimos formados para acercarnos a ella. Con la muerte pasa lo mismo que con el sexo: de eso no se habla, es tabú. Así pues, las dificultades a las que estamos expuestos para afrontar el hecho de la caducidad de la vida nos ponen de frente a nuestro miedo más original. La muerte la convertimos en la realidad más antagónica de la existencia. Este presupuesto es producto de las formas, palabras y construcciones a las que nos expusimos en nuestros procesos de formación.

Las narrativas culturales y sociales han configurado nuestro lenguaje y pensamiento, aquí hacen eco con fuerza las palabras de Octavio Paz: “somos hijos de la palabra. Ella es nuestra creación…” la muerte resulta insoportable porque nos acostumbraron a vivir, no a existir con sentido de trascendencia y profundidad; todo gira en torno a la vida, pero ¿qué clase de vida? Nuestra configuración existencial no ha asumido la muerte como proceso de la misma vida, como vida misma. Nos ha ganado la fragmentación dualista vida-muerte, de una única realidad total que se llama Vida.

¿Por qué no puede ganar Thanos? ¿Por qué los Avengers no pueden aceptar que murieron sus amigos? ¿Por qué no pueden asumir que la existencia es finita y caduca? ¿Por qué no pueden entender que la muerte no es enemiga del ser humano? Occidente no acepta, nosotros hoy tampoco aceptamos. En esta resistencia macabra se vislumbra la agonía de un mundo en decadencia, siendo la muerte su más cruel verdugo. La Mettrie tenía razón: “Si usted le tiene temor a la muerte, si está demasiado apegado a la vida, sus últimos suspiros serán horribles; la muerte será su más cruel verdugo; es un suplicio temerle”. Las prometeicas promesas del transhumanismo se hacen evidentes en el filme, occidente ha hecho mesías a la tecnología, la misma que le está arrebatando su humanidad a pasos agigantados. El principio de la decadencia es no aceptar.

La muerte siempre nos colocará de cara a la realidad y a lo importante, la finitud que nos habita es lo más trascendente que somos, nos hace descubrir lo fundamental de la existencia. Los 14.000.605 “futuros posibles” vistos por el doctor Strange, se diluyen al asumir por entero nuestra realidad. Lo más humano que tenemos es morir, por eso es la vida misma llevada a plenitud, es la última cota de humanización. Esto no lo entienden los superhéroes, es don para los humanos que debemos hacer consciente para “existir auténticamente”, para habitar el mundo y ser en el mundo.

La muerte se torna problemática porque se ha radicalizado nuestro egoísmo. La muerte rompe, estremece, caotiza la existencia, porque somos egoístas. El mejor ejemplo de ello es la frase utilizada por el Capitán América en la película: “Yo ayudo a que otros acepten, pero yo no puedo aceptar…” El lenguaje que utilizamos va exponiendo nuestros egos, demuestra lo inmaduros y frágiles que somos ante la realidad natural que sigue su curso.

Al final el principio, la sala enciende sus luces, todos quedan impactados; en algunos, lágrimas, en otros, decepción… Por fin un superhéroe es humano hasta el extremo, ha muerto Iron Man…