Educar para la esperanza, aludiendo a Paulo Freire, implica saber que el don del conocimiento es ante todo un proceso de humanización. Quien educa es un artesano de seres humanos auténticos.

Uno de los grandes aportes que ha traído el cambio de paradigma operado en la posmodernidad, es el paso de la metafísica abstracta y especulativa a la realidad práctica y concreta. El tratado filosófico de la metafísica tenía como principio buscar la raíz de todo en fundamentos fuera del mundo y la historia, en un más allá de la física y la naturaleza. En su etimología, esta propuesta que imperó de manera fuerte hasta la primera mitad del siglo XX, nos direccionó a buscar las causas de todo en entidades y principios muy esquivos a la realidad.

Al buscar el fundamento de todo en otra parte, lo que empieza a imperar es el “concepto”. Cuando la persona aprende de manera mecánica el concepto y lo repite al píe de la letra, así no sepa para qué sirve, se cree torpemente que está bien fundamentado. Esta dictadura del concepto ha generado toda una crisis en la captación a fondo de la realidad presente. De esta manera, una de las problemáticas grandes de la educación del siglo XXI, es seguir repitiendo un esquema enfermizo y decadente que funciona a partir de conceptos cerrados y poco útiles a los desafíos del presente. Nada más absurdo que seguir creyendo que un concepto puede encerrar la verdad que siempre será más grande.

La esperanza entra en la dinámica de la recomprensión a partir de la historia práctica, su conocimiento fue conceptual, abstracto, pero poco experimentado. Tener esperanza es una malversación del término mismo, la esperanza no es una cosa (objeto) que se tiene. La esperanza es ante todo una experiencia que se vive y se expresa en la realidad dinámica de la vida. Ahora bien, la educación no es un cúmulo de cosas que se aprenden para ir superando niveles. La educación es una opción radical por configurar al ser humano con su realidad más profunda de autoconocimiento. Lo que en la educación no sirva para conocerse y transformarse, estorba.

La dialéctica educación-esperanza es un acto revolucionario y contestatario, frente a los horizontes oscuros y sombríos presentados por muchos en el siglo XXI. El educador es un ser humano que dimensiona la existencia a profundidad, se auto implica en los procesos de formación y rompe su ego para ser partero en sus alumnos de la esperanza. De esta manera, no es la transmisión del concepto estático de esperanza lo que la hace auténtica, sino, la encarnación existencial en personas situadas que se expresan en la historia lo que la hace posible. La esperanza es acción pura.

Quien vive en la esperanza toma una posición en el mundo, decide vivir desde este ángulo. Los paliativos anestésicos de proyecciones idílicas en otra parte, propios de la metafísica, quedan superados al asumir por entero esta realidad que nos llama a todos a una transformación integral. La esperanza mueve a la persona desde dentro, la pone de cara hacia el mundo, como dice Pedro Laín Entralgo, en su libro Antropología de la esperanza: “esperar algo supone esperar todo, aunque el esperante no lo sienta, y esperar todo sólo es posible concretando el todo en una serie indefinida de algos. Por eso el hombre espera siempre algo y todo a la vez. Desde su concreta situación personal, el esperanzado confía en ser hombre, ser él mismo y ser más en una situación futura”.

Educar para la esperanza, aludiendo a Paulo Freire, implica saber que el don del conocimiento es ante todo un proceso de humanización. Quien educa es un artesano de seres humanos auténticos. Por tanto, “me muevo en la esperanza en cuanto lucho y, si lucho con esperanza, espero” (Pedagogía del oprimido). La necesidad más urgente que se tiene en este presente histórico, es volver a concebir la educación como un proceso de esperanza auténtica. Quien toma la decisión de educar y educarse, está renunciando al fatalismo histórico propio de nuestra época, está rompiendo con el dramatismo alienante del continuo retorno de lo mismo y abre ante sí un marco de comprensión amplio de sí mismo y de la realidad.

Volver a la historia, apasionarnos por ella, y saber que somos constructores protagónicos de la misma, es la posibilidad de ubicarnos en el centro mismo de la vida. No nos debemos a especulaciones metafísicas que nos arrebatan nuestra mortalidad y carnalidad. Somos seres humanos que acontecen en el aquí y el ahora, constructores de sentido y capaces de esperanza cuando hacemos consciente la dimensión inagotable de trascendencia que nos habita. La educación que no ponga en el centro al ser humano, seguirá siendo instrumento de opresión y palabra barata. Una voz del pasado sigue siendo vigente, y quiere romper nuestra terquedad con sus finas palabras: “La tarea de los maestros no es enseñar a discutir, sino a vivir y la tarea de los discípulos no es cultivar el ingenio sino el interior, de modo que en su mutuo contacto cada uno retorne a su casa más sano” (Séneca, Corduba, 4 a. C. – Roma, 65 d. C.). La educación que sea capaz de formar seres humanos en la esperanza será capaz de crear un mundo distinto.