Las imágenes fuertes de la catedral de París ardiendo, siguen frescas en la memoria, aquella que es don pero al mismo tiempo traicionera para el ser humano, pues fácilmente selecciona. Ríos de gente llorando y rezando, pidiendo a Dios consuelo por el espectáculo bochornoso que estaban presenciando en la ciudad luz al ver arder aquella obra arquitectónica majestuosa.

Qué torpes, ilusos y ridículos somos. Lloramos por ladrillos, pero no somos capaces de conmovernos por una hermosa selva que se destruye. ¿Dónde están los que salían en primera plana en los noticieros llorando? ¿Dónde están los que pedían oraciones por Notre Dame? ¿Dónde están los que arrodillados y con un rosario en la mano se hicieron tendencia en redes sociales? Dónde están… esta es la pregunta que reclama la hermana selva.

Ver arder el Amazonas es ratificar que nos quedó grande ser humanos. El pulmón del mundo sufre la indiferencia de una sociedad plagada de espectáculo, que lo único que busca es felicidad pasajera y barata. ¿Qué da esta selva? Es la pregunta mercantilista y utilitarista que ha llevado a la deforestación, la cual es causa de la tragedia ambiental que estamos viviendo. 

La “casa común”, como la ha llamado el Papa Francisco, la estamos destruyendo sin piedad. El egoísmo de los grandes y poderosos del planeta se conjuga perfectamente con nuestra indiferencia cómplice. ¿Qué más necesitamos para que paremos ya? ¿Cuánta selva tiene que arder para que de una vez por todas entendamos que estamos muy mal, que no podemos seguir a este ritmo de salvajismo? 

Se ha hecho tendencia una frase trillada: “oremos por el Amazonas”. Como creyente en Dios, más aún, como creyente en el Dios Abbá de Jesús, no estoy de acuerdo con esta frase. Seguimos prendados de una ilusión infantil que intervenga en el mundo para revertir nuestros desastres. Nada más vulgar e inhumano que pedir a Dios por nuestras macabras decisiones. Es seguir alimentando en esta hora de la historia una minoría de edad que nada tiene que ver con la paternomaternalidad de Dios. 

La auténtica oración no es por el Amazonas, ya el daño está hecho. La auténtica oración debe ser por todos nosotros, para que al atrevernos a pronunciar el nombre de Dios, entremos en conciencia profunda y no volvamos a hacerle este daño al planeta. Dios es Padre, sí, ¿Pero Padre de qué tipo de hijos?  

Al parecer, Aldous Huxley tenía razón: “¿Y si este mundo fuera el infierno de otro planeta?”. Después de lo que hemos padecido estos días esta frase empieza a configurar lo que estamos haciendo del mundo. La selva, la hermana selva, nos está gritando. El encorvamiento egoísta que nos satura debe ser roto por una reconfiguración antropológica que nos ponga de cara al otro y a lo otro. Recordar que somos humanos.

Estamos a tiempo. El futuro de esta “casa común” pasa por nuestras manos. Dejémonos conmover hasta las lágrimas para que las llamas voraces que destruyeron este pulmón del mundo, sean capaces de sacar nuestra identidad más humana, aquella que está perdida y que necesitamos urgentemente recuperar. 

Para finalizar, quiero citar a Joseph Moingt, teólogo francés: “No viváis para poseer el mundo y dilapidarlo, sino vivid intensamente para convertirlo en un reino de justicia y amor, pues lo encontraréis después de vuestra muerte tal como hayáis intentado construirlo para los otros. Esta será la verdadera vida que nos espera, la que hemos construido en este planeta”.