Autor: Luis Fernando González Gaviria, Teólogo, Docente de la Escuela Didajé del Minuto de Dios Medellín.

El fenómeno que ha marcado la realidad de los últimos tiempos se llama globalización. Desde este acontecer que dinamiza el mundo presente en todos sus procesos, se ha entendido una identidad de esta hora de la historia. Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, globalización es: “Proceso por el que las economías y mercados, con el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, adquieren una dimensión mundial, de modo que dependan cada vez más de los mercados externos y menos de la acción reguladora de los gobiernos”.

Con base en lo anterior, este es el modo de operación propio del siglo XXI, una interconexión que se extiende a todos lo ámbitos de la vida y que tiene su base en la economía. Ahora bien, cuando se analiza la problemática actual del coronavirus desde este ángulo, se empiezan a despejar dudas del alcance que tiene esta enfermedad, no solamente en la salud de las personas, sino en todas las realidades de la vida. El coronavirus se ha globalizado, se volvió problema, tiene que ver con todos y con todo.

Más allá de los análisis que han hecho los expertos en salud, el Covid-19 tiene tentáculos fuertes que se han extendido a todas las instancias sociales (economía, política, academia, cultura, deporte, etc.) y desde allí se hace necesaria otra reflexión, una que sea capaz de ahondar en la búsqueda de respuestas a los grandes traumas que tiene la sociedad contemporánea. El coronavirus ha puesto en jaque toda la realidad que se ha construido, reveló la fragilidad de las supuestas verdades a las que el hombre contemporáneo se aferra.

Gracias a esta enfermedad el mundo ha quedado expuesto más que nunca, ha dejado ver las verdaderas opciones de la posmodernidad. Se ha constatado con vergüenza que el ser humano no es la opción fundamental de la sociedad, de la cultura, de los gobiernos. Cuando los intereses se ven afectados, siempre aflorará el primitivismo autocuidado, una forma elegante de expresar el egoísmo recalcitrante que embarga a los seres humanos del presente. En la enfermedad actual se ha ido entendiendo que la humanidad sigue perdida.

Ahora, el pánico colectivo que va creciendo por las pérdidas en las diferentes economías mundiales y locales, nos hace entender que el dinero es el centro de toda la construcción vital. Parece que el sentido de la vida se forja en un billete y en unas posesiones materiales. ¡Qué torpes e ilusos somos! Detrás de las aparentes y bienintencionadas palabras y declaraciones públicas de ciertos empresarios y gente acaudalada pidiendo agilizar la vacuna, lo único que se encierra es un terror por ver disminuidas sus ganancias y su poder adquisitivo. Las más de 4.000 muertes y los más de 120.000 contagiados no interesan, lo que de verdad interesa es poder tener más y más dinero. La bandera imperante del capitalismo salvaje sigue ondeándose a costa de vidas humanas.

En esta gran crisis que se ha tornado “pandemia” según la OMS, la humanidad entera tiene una posibilidad insospechada de corregir el camino. La globalización ha permitido abrir el planeta a todos, ha forjado unos lineamientos que nos han hecho captar el mundo en plural. ¿Por qué no aprovechar esta hora crítica para globalizar lo bueno que existe? ¿Por qué no romper la sordera y la indiferencia de una vez por todas? ¿Por qué no hacer al otro hermano de camino? La palabra y el contacto nos humanizan, nos alejan del estado de salvajismo. Son actos liberadores, es lo humano salvando todo lo humano.

En nuestras manos está hacer una hermenéutica distinta de la situación actual del mundo, poder generar un discurso nuevo, acompañado de acciones concretas, permitirá convocar a una existencia en conjunto. Los fatalismos que se yerguen en esta hora de la historia, pueden ser trastocados por una toma de conciencia que nos haga responsables de lo que vamos construyendo. Ante nosotros se abre un panorama amplio en medio de la crisis, que nos facultará para romper nuestra parálisis paradigmática a la que estamos tan acostumbrados y saber que aunque los desafíos son fuertes, la esperanza fundada de cara a la realidad nos llama a ser más.      

Finalmente, la otra cara del Coronavirus es la que estamos por construir, la palabra final no ha sido pronunciada todavía, estamos a tiempo. Que el miedo no nos arrebate los abrazos; ya hemos sido testigos de eso. Que el miedo no nos robe los besos; ya lo ha hecho demasiado. Que el miedo sea superado por una entrega total al otro. Solamente en la salida de sí mismo, existencia fundada en la donación, se hace legítima la vida que vivimos. Recordando a Ernesto Sábato en su texto La resistencia, podemos entender esta dinámica: “cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de las implacables capas, la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva. Y si hemos llegado a la edad que tenemos es porque otros nos han ido salvando la vida, incesantemente”.