Salió, cruzó la puerta. Sometida y completamente a la merced de lo sucedido, ella avanzó por las calles inundadas de personas silenciosas, con una fresca brisa que quizá, no alcanzaba para el tedioso calor que le quemaba el alma y le quemaría para siempre.

La escena no pudo ser menos que cruel. Resumía la decisión de una mujer que no podemos tildar de equivocada o no, sino simplemente como la responsable de un acto oscuro, no por la maldad, sino por la soledad experimentada y por las condiciones, que ninguna de nuestras imaginaciones dimensiona, ni tiene indicio del dolor y la tristeza de esta mujer solitaria.

Hablaré sin dilaciones del caso que registró la opinión pública en semanas anteriores, frente al aborto de un niño de 7 meses, cuyo padre rogó para que no sucediera y que finalmente aconteció, con el beneplácito de la “ley” y de algunas instituciones y personas.

Con los días, el discurso ha tomado todas las posiciones posibles, polarizadas o no, confesionales y no confesionales, de un lado y del otro. En mi día a día como periodista y evangelizador, leo e indago una posible verdad en toda esta historia y por todos los renglones que he pasado, solo he encontrado una cosa: Dolor.

En este contexto, he tenido la oportunidad de escuchar las posiciones más recalcitrantes, vulgares e inhumanas con el caso. Con el pretexto de la defensa de la vida, leo cómo se gesta una nueva cruzada medieval frente a un acontecimiento que es impresentable y ojalá irrepetible, que me remite inmediatamente a una pregunta fundante que todo buen creyente debiera hacerse ¿y Jesús qué hubiera hecho?

Conversando con un gran amigo Teólogo, él me hacía pensar en el capítulo 8 del Evangelio de San Juan, donde en la escena de la mujer adúltera, se presenta lo que puede ser el acto de misericordia más hermoso registrado en la Palabra y que se resume en los versos 10 y 11: «Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»»

En el auge de las redes, las movilizaciones sociales, marchas, movimientos y pronunciamientos, me hace falta la mirada de misericordia que tuvo Jesús con la mujer del relato y hacernos la pregunta sobre el ¿qué nos hizo falta como sociedad, para no perder otro Juan Sebastián? ¿y a la madre que abortó, quien la abraza?

Desde aquel 12 de Febrero de 2020, miles de abortos deben haberse practicado en el mundo, en Colombia en Popayán y Medellín y la premisa sigue siendo la misma: la pérdida del sentido, del amor por la vida. Para mí el aborto en si, no es el génesis del problema sino solamente un aspecto ya extremo donde muy poco pudimos hacer y que pudimos evitar, donde hubiéramos podido movilizarnos hacia ejercicios más concretos de acompañamiento y participación.

Nos quejamos de la Ley, porque abre la puerta para que las causales se amplíen más allá de las 3 que hoy son “legales”, pero no pensamos que aquellos que legislan nosotros mismos los hemos puesto allí en sus escritorios de madera barnizada, para regirnos y definirnos. En ello, fuimos nosotros quienes terminamos aprobando esos causales. Nos ampare Dios,  y no se legitime del todo ese flagelo con la libertad total para practicarlo sin regulación en Colombia, según algunas iniciativas legislativas.

Nos quejamos de las instituciones “de salud” que promueven y practican abortos, pero decidimos sacar a patadas de las cátedras universitarias a la ética, a la filosofía, a los temas humanos y caímos en una era de la post verdad donde todo vale y es válido, para que algunos de nuestros médicos y abogados, se gradúen con visiones inhumanas de la realidad, con el pretexto de defender un status quo.

Nos quejamos del embarazo adolescente, pero no conversamos con nuestros hijos e hijas sobre el tema, nos da pánico sentarnos a la mesa y dialogar abiertamente con ellos sobre el cómo vivir de manera digna y sana el maravilloso regalo de la afectividad. Preferimos la represión y el tabú, o lo que es peor, pasar de largo frente a una sociedad Hedonizada y nos bailamos con gozo la más reciente letra de música urbana donde se denigra a la mujer y sus atributos.

Nos quejamos de la Iglesia, porque la acusamos de poco solidaria y abierta, cuando cientos de mujeres y hombres que piensan en abortar al acercarse a buscar ayuda, no reciben la orientación adecuada. En vez de entonar ave marías, debiéramos ir a los parques, colegios, zonas de tolerancia, barrios y casas promoviendo el autocuidado y el auto respeto. Dialogar con nuestros niños niñas y adolescentes, para que aprendan a vivir con dignidad su sexualidad, porque no se decide ser padre o madre justo antes de que se inserte la cánula en el procedimiento abortivo, se decide luego de aprender con contenidos claros y serios que provengan de una educación en la fe y en la familia.

Nos rasgamos las vestiduras por semejante noticia, pero olvidamos con rapidez lo que diría Gandhi “Dios Odia el pecado, pero ama al pecador”, frase que hemos acuñado en el cristianismo, apuntalándonos en la misericordia eterna de un Dios, misericordia que se ha asociado a la miseria humana y  la redime para deconstruir su cadena de pecado y ofrecerle una alternativa, quizá en las palabras de Jesús “vete y no peques más”; Pero no, Preferimos odiar al pecador y hacernos los de la vista gorda con el pecado.

Cuando Jesús dejar ir a la mujer adúltera, no lo hace en un acto de desentenderse de su realidad y pasar de agache, su acto; más bien, él la libera de la acusación moral y por qué no, social, que recaía sobre ella.

Llamar a la madre de Juan Sebastián, asesina, insensata, pecadora, es la lapidación del hoy, en donde a la que estamos abortando es a ella, que si bien a cometido una falta grave (igual que la mujer del texto y era válido el castigo según la ley de Moisés) nos tomamos la libertad de decidir si ella es “viable” o no para este mundo y muchos quisieran también terminar con su vida.

Pienso en otra mujer señalada y tildada de impura en la Palabra, cuando leemos el Evangelio de Marcos en el capítulo 5, versos 25 al 35, la historia de la mujer con flujos de sangre. Una mujer, apartada en la muchedumbre que era intocable por ser considerada indigna. Bastó solo el roce con la capa de Jesús y su mirada, para reencontrar el rumbo y salir de su miedo. A la madre de Juan Sebastián, no le hemos concedido ni siquiera la mirada, y le volteamos el rostro, considerándola indeseable y pecadora.

Me angustia, la tendencia a revictimizar. Prefiero hablar de la vida, prefiero hacer énfasis en los miles de ejercicios de solidaridad y acompañamiento que se hacen en muchos escenarios para defender más que la vida, es defender la existencia y el reconocimiento de unos flagelos que es imperativo intervenir, sin dejar de lado a la persona humana y sus carencias.

Es insoportable que un sector de la sociedad marche y bloquee calles, para evitar una corrida de toros , so pretexto válido de la defensa de los animales; ese mismo sector, voltea la pancarta, cambian de camiseta y de avenida, para armar la próxima marcha y en ella defender la interrupción voluntaria del embarazo en cualquier caso y en cualquier circunstancia; es allí cuando  inevitablemente pienso que lo que nos falta es hablar abiertamente de los temas comprometiéndonos con las causas trascendentales.  

No he asistido ni visto la primera marcha por la sed en la guajira, o por los niños muertos de hambre en el chocó, o por los niños venezolanos que nos venden dulces en los semáforos: a todos esos niños, los abortamos desde la comodidad de nuestras casas. “Ningún ser humano puede ser incompatible con la vida, ni por su edad, ni por su estado de salud, ni por la calidad de su existencia”, afirmó el Papa Francisco en una conferencia en defensa de la vida en Mayo de 2019. Por eso, la vida de esta madre de Juan Sebastián debe alertarnos y dolernos como humanos, porque hemos faltado al abrazo y a la ternura, porque hemos despreciado el valor de la justicia; porque hemos preferido desechar el problema y reducirlo a sus niveles mínimos de tolerancia.